miércoles, 9 de enero de 2013

Y DESPUÉS DEL SUSTO, ¿QUÉ?

Este artículo fue publicado en la sección "Opinión" del Diario "El Heraldo" en enero del 2000, sin embargo después de lo sucedido en la incertidumbre del 21 de diciembre del año recién pasado y viendo que los problemas aquí planteados siguen estando vigentes se procede a publicarlo en el blog y de esta forma observar que en 12 años seguimos teniendo las mismas dificultades y está en nuestras manos el poder cambiar la sociedad hondureña.

Por la Dra. Judith Susana Morel

  • Profesora de Educación Media en la Enseñanza del Inglés. UPNFM
  • Master en Ciencias Sociales con Orientación en Sociología. Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales FLACSO, Sede Argentina. Buenos Aires
  • Doctora en Educación. Universidad Católica de Santa Fe, Provincia de Santa Fe, Argentina


Bueno, ya pasó el susto. ¿Qué cuál susto se preguntan?, ¿cómo, ya se les olvidó, tan rápido? Hace sólo unos pocos días el tema de conversación obligado por todas partes no era otro sino: “dicen que se va a acabar el mundo”, “es el Apocalípsis”, “hay que estar preparados, por cualquier cosa”; otros decían: “pero no, va a ser igual que todos los fines de año, no va a pasar nada”, etc. Pero bueno, sea por creerlo o por considerarlo ilógico, por estar de acuerdo o no, el fin del mundo era tema obligado. Y ahora, ya llevamos unos cuantos días de este nuevo año, este nuevo siglo, este nuevo milenio (aunque dicen por ahí que según cálculos matemáticos todavía no ha empezado), y parece de pronto que todo se nos olvidó ya. ¿Por qué tendremos tanta capacidad de olvidar rápidamente?, ¿no se han fijado?, es como si no hubiera otra cosa más que vivir el “día a día”. Ya no nos dedicamos a la tan necesaria reflexión teórica, es como si tuviéramos miedo de detenernos a pensar, ¿será que en esta realidad caótica, fragmentada y postmoderna que vivimos ya se nos olvidó como hacerlo?


Ahora ya nos dimos cuenta que para mal o para bien, el mundo no se acabó y parece que no tiene ninguna intención de hacerlo todavía. Abrimos los periódicos y si no nos fijáramos en la fecha, parecería que no entramos al tan esperado 2000. Hagan la prueba: en política la misma lucha por llegar a los puestos de poder; en las páginas policiales robos, asaltos, asesinatos, violaciones; en sociales las mismas caras sólo que si el año pasado fue la despedida de soltera ahora es el baby shower o el bautizo, la graduación, el cumpleaños. Y en educación ¿cómo andamos? Ahora a principios de año –como cada año- los periódicos salen más gruesos que de costumbre por los anuncios de las escuelas, colegios y universidades compitiendo por ofrecer cada uno la mejor educación. Pero algo llama la atención, la idea que la mayoría de estos lugares tiene acerca de lo que significa una mejor educación pasa por el ofrecimiento de las llamadas clases coprogramáticas, es decir: kung fu, ballet, reforzamiento (¿para qué? se pregunta uno, porque si realmente fueran buenos estas clases no tendrían razón de existir), inglés (aunque no empleen profesores titulados en esa área), computación (aunque una sola computadora deba ser compartida hasta por cinco alumnos a la vez), etc. (y les digo que la lista de etc es bastante larga).

Pero estábamos hablando del susto que nos mantenía un poco en vilo (a todos, crédulos e incrédulos, “por si las dudas”) hacia fin del año pasado… ¿por qué empezaría a hablar de educación? Claro, uno siempre gira en torno a los temas que más le preocupan. Recuerdo que cuando el 2000 era algo lejano (cuando todavía nos asustaba la famosa novela “1984”) trataba de imaginarme cómo sería cuando ese año llegara. Nos habían hecho creer que casi todo estaría solucionado, que viviríamos en ciudades en el aire o debajo del mar, que ya no habría hambre, ni gente sin trabajo, ni niños en la calle, ¿y en educación? casi, casi que estudiaríamos solos, sin docentes porque el mundo estaría dominado por la maravillosa máquina que me permite estar escribiendo ahora mismo; además, la educación finalmente sería para todos y la palabra analfabetismo ya no existiría ni siquiera en los diccionarios.

¿Qué fue lo que pasó? Hasta hace poco en educación nos dedicábamos a planificar para largo plazo, de ahí la famosa frase que encontramos en todos los planes de estudio: “el hondureño que queremos formar”, ¿se acuerdan? Sin embargo, algo no funcionó del todo bien, porque sino después de tanto tiempo de escribirlo, la verdad que sería tiempo de haberlo formado pero parece que aún no está listo. Quizás no me equivoque al afirmar que esa frase terminó siendo nada más que un bonito encabezado pero que nunca supimos realmente cómo hacerlo. Dado que la preocupación era siempre el futuro, se dejaba de lado el presente, es decir, atender a los niños “como niños”, no pensando en ellos como “adultos en miniatura”. Esto significó dejar de lado, olvidar casi por completo el juego, la diversión, la aventura, la risa. ¿Podríamos hablar de las aulas como “casi cárceles”?, ¿cuántos niños se divirtieron dentro del aula? No, la vida corría sólo en las horas de recreo, en los patios de recreo, cuando la maestra no miraba pero en cuanto sonaba el timbre…otra vez la famosa disciplina. Construimos docentes que se enorgullecían de la disciplina de su aula, cuanto más callados estaban los niños, esa era la mejor clase, esa era la mejor maestra. Preguntémonos, ¿cómo podríamos formar verdaderamente el famoso “hondureño que queremos”, una persona “responsable, amante de su patria, con características de líder, asertivo, dispuesto a tomar decisiones que cambien el rumbo del país, que sean agentes de cambio del desarrollo nacional”, si nunca le enseñamos a hablar, a pensar, a exponer sus ideas, a escribirlas, si cuando se atrevía a decir algo diferente, a exponer sus propias ideas, se le callaba, se le decía que tenía que aprenderse lo que decía el libro, o lo que decía el maestro. ¿Por qué? porque tampoco teníamos docentes capacitados para ser cuestionados e interpelados, con la honestidad de decirle a sus alumnos “esto no lo sé pero te prometo investigarlo”. El liderazgo, la valentía, el deseo de investigar, de aprender, de saber más, la curiosidad, no vienen en un paquete con el nacimiento del bebé, es la educación la encargada de desarrollarlas, de incentivarlas, de promoverlas. Ninguna reforma educativa será completa si no se preocupa por hacer que estas cualidades surjan, crezcan y se conviertan en parte indisoluble de cada niño, en cada escuela. Y en esto la formación de docentes juega un papel fundamental. 

Dejemos de pensar en el “hondureño que queremos” –en términos de su adultez- y atendamos a los hondureños que están en las aulas, como niños y no como adultos en miniatura. Lo que sean después será la consecuencia lógica de aquello que les demos en su infancia.

Ahora que ya pasó el susto del fin del mundo, sería bueno hacer que de verdad el 2000 sea diferente, que sepamos construir otra educación en esta realidad fragmentada. Ya nos dimos cuenta que las máquinas no les ganaron a los seres humanos, sino que estamos aprendiendo a usarlas a nuestro favor; que el docente no desapareció pero que sí enfrenta el reto de revisarse a sí mismo críticamente y que además –lo más importante- enfrentamos el desafío de formar a los próximos de otra manera. Tal vez así, no nos agarre el fin del siglo XXI pensando en el “hondureño que queremos formar”, todavía sin haberlo podido hacer...

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